Desesperado | Poema

¿Qué tengo que hacer para que vuelvas?
¿Qué tengo que hacer para tenerte?
¿Qué tengo que hacer para tocarte?
¿Qué tengo que hacer para besarte?

Ya no bebo para embriagarme,
Sino para olvidarte.
Pero es en vano,
Siempre estás en mis pensamientos.

Ya no fumo para calmarme,
Sino para desecharte.
Pero es en vano,
no te gastas como el cigarrillo.

Soy un borracho,
Un adicto,
Un loco,
Un caso perdido.

No sé qué tenían tus besos,
Que hacen a cada boca
Del mundo,
Un lugar miserable.

Ya no siento,
No pienso,
No lo intento,
No me levanto.

Estoy seco como el desierto,
Oscuro como la noche,
Destruido como Hiroshima,
Perdido como la paz mundial.

Desesperado.
No sé cuánto más aguantaré,
Sin que estés a mi lado.
No lo sé.
Te necesito ya.
Vuelve.



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Juramentos | Relato

Roberta tenía la mala costumbre de llegar tarde al trabajo. Desde hace cinco años que pertenecía a una prestigiosa marca de ropa, no había desarrollado ese hermoso habito de ser responsable. Un desastre viviente, la denominaban en la oficina. Hoy, como todos los días, no era una excepción. Cogió las llaves de la casa, puso como pudo una dona en su boca, balanceó la taza de café provocando que se botara una cantidad considerable en el suelo, y luego casi se resbala pero por gracia divina, se sostuvo antes del golpe. Se quejó a la nada y luego, por fin, partió rumbo al trabajo.

Lo gracioso del caso, es que luego de un tiempo en esa particular mala costumbre de llegar tarde, desarrolló una habilidad en zigzaguear en la calle para evitar a las personas. Iba de un lado a otro, con sigilo, evitando chocar con los transeúntes. Hasta que chocó. Pero fue algo inaudito. Más certero sería aclarar que hicieron que chocara. Era un hombre robusto, alto, con barba, ojos claros y cabello firme. La miraba con una expresión de asombro y casi con lágrimas en los ojos. De lo aturdida que quedó, le tomó un poco en entender qué sucedía.

Cuando por fin asimiló la serie de actos, escaneó al culpable del choque, y todo lo que había detrás, ella también expandió los ojos como platos. El corazón se le aceleró, las cuerdas vocales se le petrificaron y el cuerpo le temblaba como nunca. Había un mundo detrás de este encuentro. Era ‘Él’.

Hace mucho tiempo Roberta partió desde su país, un lugar que jamás pensó dejar para buscar mejores oportunidades. Roberta tenía facilidades que otros no tenían, así que cuando se fue, dejó en casa muchas amistades que quizá jamás vería de nuevo. Y posiblemente a la única persona que ha amado en su vida.

La despedida fue algo muy doloroso para ambos. Habían desarrollado sentimientos fuertes, de esos que cuestan separarse. Como pegamento, o forjado en acero, o cualquier metal indestructible en el mundo, se amaban y necesitaban como el agua a la sed, o la sangre al corazón. Pero tenían que dar un paso hacia delante. Tomar rumbos distintos. Rieron, lloraron, se besaron, y luego volvieron a llorar. Se iba y volvía a sus brazos, intentaban alejarse, pero no era suficiente. Había una red de sentimientos tejidos con momentos del pasado que no era fácil de olvidar.

Y, entonces, cuando Roberta, el día antes de partir, se alejó, ‘Él’ gritó:

-No te prometo que será mañana, ni pasado, y menos dentro de un mes. Quizá tome un año, o dos, o media vida, pero te prometo que nos volveremos a ver. Tú y yo estamos destinados a algo más que una despedida. Estamos unidos y forjados en amor, y cuando la base son los sentimientos, no hay distancia que nos separe.

La cosa es que, Roberta había dejado de creer en juramentos. Le hacía daño los primeros años en su nuevo país. Nunca olvidó, pero dejó de confiar. Hasta este momento.

Ella lloró, él sonrío. Ambos se miraron sin decir una palabra, los ojos llorosos, la sonrisa débil, y las manos temblorosas lo decían todo. Se comían con intensidad, y antes que uno de los dos carraspeara en su inminencia, él se adelantó y dijo:

-Te lo dije, no hay distancia que nos separe. Soy un hombre de juramentos.



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Terror | Relato

El terror de sus ojos era evidente. Temblorosa, asustada, y llorosa. La niña que yacía aferrada a las tablas de madera bajo la cama no tenía más remedio que rezar a los dioses por su salvación. Habían pasado alrededor de media hora y, si se concentraba lo suficiente, aún podía escuchar los gritos de su madre. Gritos de agonía, dolor y sufrimiento. Hasta que no quedó más, y su madre dejó de gritar, pero no para conseguir la calma que tanto anheló, sino porque su fuego de vida se había apagado para siempre. Nunca había presenciado una muerte, hasta que desde la alcoba vio como aquél hombre alzó el cuchillo y se lo enterró en la panza. Una y otra vez, una y otra vez.

Seguidamente, la niña corrió lejos del atacante, que se divertía en la sala con su padre. Le hacía preguntas, preguntas que la niña no entendía. Sim embargo, algunas palabras se le quedaron grabadas, como: ‘Te advertimos que debías pagar tus deudas’, o, ‘No puedes pedir dinero prestado y luego hacer como si no pasara nada’. Problemas, grandes problemas, asimiló la pequeña. Eran hombres rudos, con cicatrices y una vestimenta que los hacía pasar desapercibido. Ruidosos y silenciosos, en partes iguales.

Oyó un grito. Era la voz de su padre. Gritaba de dolor, le estaban haciendo daño. Como una sonata lenta, que se toma su tiempo para llegar a la mejor parte, los gritos avanzaban por toda la casa como una tormenta de invierno. Frío es lo que sentía la pequeña, lagrima es la que brotaban de sus ojos, como cataratas. Había tenido una vida considerablemente feliz. De la casa a la escuela, de la escuela al parque y del parque a su casa nuevamente. Una buena madre, un buen padre. No podría haber pedido algo mejor.

Hasta ahora.

Luego de un rato el exterior se calmó. La niña cerró los ojos lo más fuerte que pudo, intentando olvidar todo lo que ha pasado en las últimas dos horas. Pero no sucedería y lo sabía. El silencio de la agonía fue interrumpido por el sonido de los pasos. Lentos, desgarrando cada parte de tu ser. Un paso, dos pasos, tres pasos. Silbaban, aullaban, y hacían ver su presencia. Abrían las puertas de las habitaciones en busca de la presa. La niña se puso la mano en la boca para no hacer ruido e intentado ocultar su presencia.

Los hombres, por otro lado, sabían lo que hacían. Se tomaron su tiempo, entraron en la habitación, reían y luego hicieron como si ella no estaba ahí. Por un milisegundo la niña pensó que estaba a salvo, pero solo era un breve momento de fantasía. Los hombres la tomaron por las piernas, la jalaron y arrastraron hasta que quedó expuesta. Frente a frente, la muerte tenía el rostro más humano de lo que las historias de fantasía contaban. El más grande de ellos se acercó a su cara, tenía manchas de sangre, quizá de su madre, quizá de su padre. Tomó una sonrisa y se dirigió a ella:

-Una persona siempre tiene que pagar sus deudas, niña. Recuérdalo.

Y se retiraron.
Se fueron.

El terror se había esfumado, pero las secuelas seguían presente. Lo único que tenía era su vida. Nada más.



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Amor Incondicional | Relato

El zigzag del automóvil no acabaría en nada bueno, intuyó Daniela justo cuando visualizó el árbol a pocos metros. Lo segundos se volvieron minutos antes de que lo inevitable sucediera. Miró de reojo a su pequeña hija, quien se encontraba en el asiento de copiloto con unas muñecas en las manos.

El primer instinto de toda madre es proteger a su retoño, eso lo sabía muy bien Daniela cuando soltó el volante del auto y se abalanzó hacia el asiento del copiloto para proteger el sensible cuerpo de su niña, su adorada niña.

El impacto hizo eco por cada extremo de su cuerpo, la amalgama entre dolor y desespero la invadieron tan rápido que ni siquiera sintió cuando perdió la conciencia. Por dentro, no le importaba en lo absoluto unas costillas rotas, un brazo fracturado, unas piernas quebrada. Nada. Era un precio muy bajo siempre y cuando la verdadera preocupación se esfumara.

Para sorpresa de Daniela, recuperó la conciencia. Tragó un poco de saliva, miró a los lados, balanceó la cabeza, parpadeó y luego se retorció de dolor y agonía. Los dedos de las manos, el estómago, las rodillas, los tobillos, e incluso si le indicaran que fuese detallista, podría jurar que le dolían las pestañas.

Hizo un intento por pronunciar una nota de voz. Lamentablemente, las cuerdas vocales no se conjugaban con el resto de su cuerpo para pronunciar frases coherentes. La pupila se le contrajo y luego se expandió. Como un lente de cámara, su visión mejoró de un borroso alarmante a un nítido aceptable.

Visualizó una figura con bata que, aún con su cerebro a poco motor, entendió que era un médico. El médico la miró, sacó un objeto de los bolsillos y le revisó los ojos. ‘¿Me escuchas?’, indagó el profesional.

La mujer balbuceaba, el hombre rápidamente entendió las intenciones de la mujer.

‘Está bien’ confirmó el médico, y siguió. ‘Ella está completamente bien. Los esfuerzos que hiciste para salvarla, tu audacia para acurrucarla y llevar la carga del impacto, es simplemente, digno de admirar’.

Ella no necesitaba halagos. No merecía reconocimientos. Solo quería saber que ella estuviera bien. Mientras su hija estuviera bien, el mundo podía caerse en mil pedazos si es necesario.
Porque así funciona el amor incondicional, no importan qué tan mal estés mientras la persona que más te importa en esta vida no sufra ningún daño.



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Siempre llueve | Poema

Las cosas no son como antes,
No me miras como antes,
No me besas como antes,
No me tocas como antes.

Sé que mientes cuando
Dices que no
Sucede nada.
Siempre sucede algo,
Cariño.

No te quiero presionar,
No te quiero ver llorar,
No te quiero incomodar,
No te quiero estorbar.

Pero sigo aquí,
Estando y no estando,
Besándote y no besandote,
Tocándote y no tocándote.

Aquí,
En mi corazón,
Desde hace tiempo,
Siempre llueve.



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