Recuerdos que duelen | Relato

Sentado en una parada de bus, nadie pensaría que muy por dentro, en lo más profundo de su sr, esa persona estaba rota en mil pedazos. Lo había perdido todo, y cuando digo todo, no me refiero a dinero, bienes, o propiedades importantes. Sino a lo que un humano común y corriente, que encontró la paz y la comodidad, denomina ante todos los dioses presente habidos y por haber, “todo”. Ese “todo” tenía un rostro delicado, suave y brillante. Una sonrisa sutil pero destacada, cabello laceo que se posaba un poco antes de la cintura y unos ojos tan fuertes como el sol. O quizás más. Tenía una manera de ser que impresionaba a todos los presentes y un corazón tan humilde que incluso las personas más honestas tenían que reconocer. Eso sí, hasta que se detuvo, y todo lo anterior pasó a ser un recuerdo, bonito para algunos, agrío para otro.

Él lloró lo que tenía que llorar. Fue bastante, no tenía pena en decirlo. No había ningún impedimento cultural que le hiciera detenerse a la hora de descargar todo el peso en forma de líquido que tenía su cuerpo para desahogarse. O quizá era su alma que se drenaba poco a poco desde su interior. Cualquiera que fuese la intención, había llorado todo lo que podía, y cuando vio que no podía o no tenía cómo seguir llorando, entonces se quedó en silencio. Con miles de tormentas interiores que lo hacían querer tomar una decisión poco congruente. Lo pensó, incluso estuvo a un paso de hacerlo, pero supo que si tomaba esa vía, tan creyente como era incluso en los momentos más oscuros, es que no estaría con ella. No había forma que fuese recibido con los brazos abiertos luego que ella le dijera que viviera su vida. Una promesa es más fuerte que la vida misma. Así que él lo hizo, vivió su vida. Pero no importa lo que hiciese, el vació era inevitable.

Desarrolló una mala costumbre que se convirtió, de alguna forma, en una especie de purificación dolorosa. Comenzó a visitar esos lugares que solía visitar con ella, y no hacía nada, solo quedarse sentado, observando, meditando y reflexionando. En su mente, como una sala de cine, se proyectaban aquellos flashes de una vida mucho mejor, con compañía que hacía al cuerpo erizar y el alma sanar. Sonreía, ella carcajeaba, ambos se deleitaban. Y con tanta fuerza y empeño que puso para rememorar minuciosamente esos recuerdos, el alma se le quebraba como cuando un objeto peso pesado choca contra un espejo. Primero una gran grieta, magullada, profunda, luego unos hilos grandes que se notan, hasta desenfundarte en miles de pequeñas grietas alrededor. No le importaba, ya había estado lo suficientemente roto como para preocuparse de otras grietas.

Una casa de playa, un restaurante, la cima de la torre Eiffel, una playa, un camino, un cine, un puesto de comida rápida, una estación de tren, una vista desde un balcón, una heladería, un paseo en bote, américa entera, media Europa incluso unos países de Asia. Todo. Visitaba todo, en silencio y recordado, formando miles de grietas que, aunque no sanaría, sí lo harían estar más cerca de ella. Por un segundo, incluso por un milisegundo, sentir su presencia le bastaría. Y si había lugares donde eso sucedería, él estaría ahí. Teniendo malos recuerdos.



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Apuestas | Relato

Todos daban un vistazo pero seguían de largo. Todos sabían quién era pero nada decía nada. Era como atravesar un momento incomodo, sabes que estás en una situación pero no descubres cómo reaccionar. Era un caso de estudio, vociferaban las personas que se dignaban a soltar un comentario al respecto. Se sentía la pena, decepción, e incluso desprecio. No era nada personal, quizá, pero sí había una atmosfera que dejaba a todos con un mal sabor de boca. Durante días él estuvo sobre ese pedazo de tela, en el sucio suelo, de esa asquerosa calle, en medio de la muchedumbre, mendigando dinero y un pedazo de pan.

Antes, veías su rostro en las grandes pantallas de la ciudad. No había ni un lugar que no estuviera ocupado por su presencia, había llegado a los más recónditos sitios de la memoria de las personas. Después de todo, era el empresario más rico de al menos 20 países. Poderoso, ambicioso, orgulloso eran las palabras que usaban las revistas para describir el ser que manejaba la empresa del mañana, o al menos era esa su descripción antes que todo se derrumbara. O más bien, antes que él moviera las piezas para una inminente caída.

Empezó con unas apuestas sencillas. Nada de qué preocuparse. “Dinero llama dinero”, alegaba él. Si jugaba con el suficiente cuidado, la cantidad necesaria y el ritmo perfecto, siempre, léase bien, siempre ganaría. Pero obviamente no fue así. Lo que empezó como un pequeño juego se convirtió en una cotidianidad. Todas las noches su presencia era obvia. Aún si tenía trabajo, reuniones, papeleo, la ambición de generar más dinero lo había colmado. En sus ojos, que antes brillaban ante la grandeza de tener una de las mayores empresas del mundo, ahora mendigaban una victoria en aquél casino que reía a sus espaldas y se embuchaba dinero tras dinero.

Y entonces pasó de ser una cotidianidad a una obsesión. La gota de muchos errores que vendrían luego. Hizo caso omiso a los consejos de sus asesores. Al menos 10% de su patrimonio se había reducido en meses, algo nunca antes vistos para aquellos que manejan finanzas. Pero él lo hacía a una velocidad increíble, y siempre en el mismo juego. Ya no lucía imponente, o guapo, sino que tenía el cabello largo y desarreglado. La barba aliñada, como alambres de una cerca y los labios secos. Sudaba demasiado, mucho más de lo que uno creería en una persona normal. La piel se le abarrotaba de pelotitas producto del estrés.

“Es un caso perdido”, tituló un periódico cuando más del 50% de su patrimonio se había reducido.

La cuestión es que no paró. No se detuvo. No analizó y tomó las mejores decisiones. Sus inversores rápidamente retiraron sus acciones. Sus aliados empresariales rompieron relaciones. Y sus hombres a cargo se fueron yendo uno tras otro. Pero él seguía, no luchando por recuperar la empresa, o sus bienes, que de por sí había empeñado un gran porcentaje, sino apostando una y otra vez.

Hasta que no le quedó nada. Ni empresa, dinero, bienes, ropa, comida. Ahora su conciencia pesa, el cuerpo huele y el estomago ruge. En una calle, abarrotada de muchedumbre, sobre un pedazo de tela que hace de cobija, él mendiga un poco de comida y dignidad.

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Esperanza | Relato

El frío de los pasillos de las clínicas es una de las peores sensaciones del mundo. Atravieso semanal mente el mismo camino, al mismo ritmo, observando al mismo grupo de personas pero aun así pareciera que es imposible acostumbrarse al hedor que emanan las paredes y la bulla que hace mi interior cuando atravieso las zonas de recepción. No tengo nada malo, por ahora, es algo mucho peor. Todo es peor cuando no eres tú sino que tu hijo, de unos cortos 7 años tiene cáncer. A veces, como padre, quisieras arrancarle todo el dolor que atraviesa y colocártelo a ti. Para que él no llore, no sufra, no sienta nada, más que todas las alegrías que debería sentir un chico de su edad. Pero la vida ha decidido que sea él quien atraviese por este doloroso proceso. Injusto. Demasiado injusto.

Una vez leí que más que a las personas, el cáncer destruye por completo a los que se encuentran a su alrededor. Y estoy de acuerdo. Me encuentro roto, pero roto de una manera criminal. En mil pedazos, como si hubiesen lanzado una base de vidrio de un piso 50, estallándose contra el pavimento sin dejar ninguna parte intacta. Así me siento cada vez que tengo que atravesar los pasillos de la clínica y entrar en la habitación de mi pequeño. Verlo en una cama, sin un cabello, sin buenas noticias. Ya ni siquiera recuerdo cuantas sesiones ha tenido que atravesar, cuantas palabras me ha dicho, cuántas preguntas tiene.

Y hablando de cómo destruye a su alrededor, ni siquiera quiero hablar de la relación que tenía con mi esposa. Como una cinta de regalo, se deshizo al tocarla, aunque ella no quiere admitirlo y entiendo que sea tan dolorosa para ella como lo es para mí, todo se derrumbó en el momento en que se dio la noticia. Los primeros días fueron de fortaleza, incluso de amor puro y sincero. Pero estaba destinado a fracasar, porque ambos no teníamos la misma fortaleza, una que debíamos mantener si queríamos atravesar la tormenta.

Las peleas se hicieron pan de cada día, los llantos, la distancia e incluso las decisiones referente a nuestro pequeño. Era un caos del cual no se podía salir, así que mantenernos el margen es lo mejor que pudo pasar para ambos. Es una mierda una completa mierda.

Hoy camino más lento de lo habitual porque nos dan una noticia sobre el desarrollo del tratamiento de mi hijo. Ni siquiera estoy emocionado, eso lo perdí hace mucho tiempo cuando las buenas noticias desaparecieron sin dejar rastro. Así que nos resignamos, y más que esperar, alejamos estos días, porque son horribles, tanto para él, como para nosotros.

Entro en la habitación, con la vista baja y mi esposa ya se encuentra ahí, sosteniéndole la mano. Él se nota tan cansado que mi corazón roto en mil pedazos se vuelve a destrozar, y es cuando entonces me apresuro para darle un poco de fuerzas.

Las lágrimas se me desprenden incluso antes que llegue el doctor, quien no puedo descifrar su rostro. Él abre la tabla con los informes, no nos ve, y por un segundo, un corto seguro noto algo que no había visto jamás y es un rayo de esperanza. Él sonríe, nos ve y dice “El tratamiento está dando buenos efectos”.

Y es justo entonces cuando mi corazón destrozado siente que se puede unir poco a poco.



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Quizás eras tú | Relato

Diana siempre pensó que su suerte en el amor no era la más deseable, si se podría definir de esa manera. Pero cuando su nuevo novio la engañó en menos de un mes de estar saliendo, supo que la situación era peor de lo que creía. No era la primera vez que le sucedía. Su anterior novio, un compañero de secundaria del que había estado enamorada por, al menos casi toda la vida, le pretendió el cielo cuando se encontraron mágicamente en un café de Nueva York. Todo iba como un cuento de hadas. El chico que no le prestaba atención ahora moría por ella, ella seguía muriendo por él y ambos se encontraban en el mejor momento de sus vidas.O eso es lo que creía ella.

Resulta que su príncipe azul no era ningún príncipe azul, sino más bien un malvado villano mentiroso que le había montado un escenario de mundo mágico. Él tenía una esposa en la ciudad que dejó para aceptar un trabajo en Nueva York, e incluso una vida. Con ella pretendía tener una doble vida y obtener lo mejor de ‘los dos mundos’, como lo definió Diana. Así que eso la devastó pero no la hizo polvo. Se levantó, siguió adelante y entonces volvió a chocar contra una pared de plomo. La pared con la que había estado chocando por muchos años de su vida.

Hizo lo que siempre hacía cuando alguien la engañaba, pasar a comprar un par de envases de helado, alquilar unas películas y encender la computadora para charlar con su mejor amigo, que se encontraba en el otro lado del mundo. Ella sentía que era el único hombre con el que podía charlar, aunque a veces fuese amargado, frío y distante. Marcó a su nombre, y luego de dos intentos, él respondió.

Notó rápidamente los envases de helado y la película de fondo por lo que el suspiro profundo no sorprendió a nada. De nuevo tenía esa expresión en su rostro. Ella le dijo que no se atreviera a repetir las mismas palabras de siempre. Sin embargo, él hizo caso omiso y las pronunció. “Te lo dije”. Afirmó con pesar el hombre al otro lado de la pantalla. Pasando de todo el protocolo repetitivo, Diana quiso centrar la conversación en él, en sus planes, pero últimamente se había vuelto más reacio a ser sincero, sobre todo cuando comenzó a salir con este último chico.

Sin previo aviso, el joven fue cortante a tal grado que tuvieron una discusión. Eso la devastó más. Su suerte había empeorado. De hecho, capaz no era mala suerte, sino una maldición. Pasaron los días sin saber de su última relación y de su mejor amigo. Por primera vez se encontraba sin apoyo emocional hasta que la puerta clamó su presencia.

Sin fuerza, y con la cara desecha, Diana abrió la puerta y se encontró la sorpresa más agradable de su vida. En ese momento sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: emoción. Su mejor amigo se encontraba frente a ella, con un ramo de flores y un par de envases de halados.

En el momento en que lo abrazó supo que había algo diferente, algo en las emociones que se le revolvía junto con el estómago. Era raro. Demasiado. Y jamás había pensado en eso. Pero quizá, solo quizá, su suerte había cambiado por primera vez para mejor.



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Infierno depresivo | Relato

Las noches para Carlos eran más largas de lo común. La lucha constante entre la mente y la conciencia lo tenían desgastado. Su comportamiento había cambiado drásticamente tanto en clases como en casa, incluso las amistades que había forjado por años se estaban deteriorando a medida que todo se volvía oscuro en su interior. No es como si él lo hubiera querido de esa manera, de hecho, al principio ni siquiera quería que ocurriera. Pero algo dentro estaba cambiando. No era el mismo de antes. Sentía menos motivación por las cotidianidades, conversaciones largas y momentos en el exterior.

Si quería salir, al rato perdía el interés. Como una montaña rusa de emociones, subía y bajaba, subía y bajaba. En un momento pensaba que podía hacer las cosas de antaño pero luego una fuerza invisible lo sujetaba con fuerza y lo atraía hacia atrás. Sin dar explicaciones. Se encontraba atado de cuerdas contra su propio ser. Pensó en pelear a través de motivación, pero fue en vano. Como una noche sin estrellas no tenía una luz que brillara en su esencia. Como un desierto bajo el sol, se encontraba seco. Como una isla solitaria, no había nada más que silencio.

Sin embargo, el momento en que se dio cuenta que había un serio problema fue cuando dejó de componer canciones. La música era su principal motivación en la vida, tenía un talento indiscutible, y aún en los momentos más oscuro podía escribir y cantar como nunca. Lo relajaba y le mostraba que había otra parte de la vida que aún podía disfrutar. Pero un día, sin previo aviso, ya no podía escribir. Se sentaba horas tras horas frente a la computadora, con la guitarra al lado y no desarrollaba nada. La página acaba en blanco, con cero palabras escritas. Todo tormentoso.

Cansado, se plantó frente al espejo para visualizar su ‘yo’ de ahora. Lo que vio lo impactó. Nunca fue tan blanco como sus padres, pero se encontraba pálido como la nieve. El cabello, liso por naturaleza, había perdido su esencia y ahora se encontraba seco. Bajo los ojos, que habían perdido su brillo, se encontraban unas bolsas negras signos de un insomnio terrible. Los labios resecos, arrugas y una apariencia de que la juventud que lo caracterizaba se había deteriorado. Dio un paso atrás, asustado, ¿qué era lo que estaba viendo? ¿En realidad era él? No lo podía creer. Lo estaba consumiendo.

Corrió hacia su habitación, escuchó la voz de su madre detrás de la puerta preguntando qué sucedía, si necesitaba alguna ayuda, pero él solo la tranquilizó con un ‘no pasa nada’. Se quedó inmóvil en la esquina de la cama, reflexionando sobre su aspecto, complicaciones y desarrollo. Andaba mal y lo sabía. ¿Pero qué sentía realmente? ¿Qué debía hacer? No lo supo, pero si de algo estaba seguro es que debía dormir. Tenía, o más bien la razón lo obligaba, a dormir. Descansar.

Carlos se posicionó sobre la almohada, tendió la sabana, tomó un respiro, y cerró los ojos. Pensó en cosas felices, contó ovejas y dejó que la mente fluyera, sin nada en su mente que lo alterara. Poco a poco. Poco a poco.

Carlos, que por más que lo intentó, no durmió en la noche. Y quizá, no lo volvería hacer en mucho tiempo.



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