La pesadilla | Relato

Había pasado demasiado tiempo sumergido en mis propios miedos. Cada noche, a la misma hora, en el mismo lugar, con los mismos pensamientos. “¿Qué sucedería cuando durmiera?” “¿De nuevo volveré a soñar lo mismo?” Era un miedo latente que atravesaba la espina dorsal y se alojaba en lo más profundo de mí ser. No sabía qué era, por qué lo hacía o qué lo ocasionaba. Todo era incierto a estas alturas de la vida, pero algo estaba claro y es que me conocía. Sabía todo sobre mí, mis gustos, relaciones, miedos e incluso nombre. Lo había denominado “La pesadilla”.

Resulta que la “La pesadilla” apareció por primera vez hace un mes, luego de discutir con mi pareja y emborracharme hasta los cimientos. Tenía cuerpo de humano pero cabeza de demonio. Hablaba con múltiples voces, a veces conocidas, a veces desconocidas. Se escurría por las paredes y se acercaba a la cama sigilosamente hasta que quedábamos uno frente al otro. Ahí, se regocijaba de tener el control. Nunca me hacía daño, creo que sería muy fácil para él matarme de un susto en la primera noche. Pero en cambio me atormentaba día tras tía cuando se suponía que debía descansar.

Hablaba conmigo, pero no de una manera cariñosa o apaciguada, sino horrorosa. Cada palabra que salía de su interior calcaba en mis tímpanos y se engurruñaba en el cerebro, tocando las neuronas y acariciando cada sector creativo y motor. Siempre era lo mismo. La misma cama, las mismas paredes, las mismas sabanas e incluso el mismo olor. Era raro, ¿cómo podía tener cada uno de mis sentidos en un sueño? Llegué incluso a pensar que no era un sueño y que era parte de la realidad. Jugaba conmigo, me conducía como una marioneta y esperaba el momento indicado para aparecer. No tenía pasos en falsos, todo lo que hacía era directamente para generar daño.

En la segunda semana pensé que me había acostumbrado a su presencia, pero me equivoqué, un día innovo en su manera de crear miedo y recreó una escena en donde se tragaba cada uno de mis amigos y familiares más cercano, una y otra vez, una y otra vez, sin que yo pudiera hacer algo al respecto. Sabía que era una pesadilla, estaba consciente que soñaba, pero aun así me engullía del miedo entre mis sabanas porque su apariencia me causaba terror y lo que hacía me hundía en el pánico, pero lo que más miedo me daba es que no podía hacer nada al respecto, era un espectador y a la vez la víctima.

En lo oscuro de la noche, yacía aterrorizado de que otra vez debía dormir. Sí, intenté no dormir, pero en el momento que mi cuerpo pidió un descanso fue peor. Se molestó, hizo un berrinche y transmitió todo el miedo que tenía guardado. Así que no me molesté en huir, sino en remar con la corriente. Mientras más rápido aceptaba el hecho que debía estar a su merced, más rápido pasarían los minutos. Así que cierro los ojos, me recuesto, respiro un par de veces y voy de nuevo a su morada del mal. A tener una pesadilla.



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