Infierno depresivo | Relato

Las noches para Carlos eran más largas de lo común. La lucha constante entre la mente y la conciencia lo tenían desgastado. Su comportamiento había cambiado drásticamente tanto en clases como en casa, incluso las amistades que había forjado por años se estaban deteriorando a medida que todo se volvía oscuro en su interior. No es como si él lo hubiera querido de esa manera, de hecho, al principio ni siquiera quería que ocurriera. Pero algo dentro estaba cambiando. No era el mismo de antes. Sentía menos motivación por las cotidianidades, conversaciones largas y momentos en el exterior.

Si quería salir, al rato perdía el interés. Como una montaña rusa de emociones, subía y bajaba, subía y bajaba. En un momento pensaba que podía hacer las cosas de antaño pero luego una fuerza invisible lo sujetaba con fuerza y lo atraía hacia atrás. Sin dar explicaciones. Se encontraba atado de cuerdas contra su propio ser. Pensó en pelear a través de motivación, pero fue en vano. Como una noche sin estrellas no tenía una luz que brillara en su esencia. Como un desierto bajo el sol, se encontraba seco. Como una isla solitaria, no había nada más que silencio.

Sin embargo, el momento en que se dio cuenta que había un serio problema fue cuando dejó de componer canciones. La música era su principal motivación en la vida, tenía un talento indiscutible, y aún en los momentos más oscuro podía escribir y cantar como nunca. Lo relajaba y le mostraba que había otra parte de la vida que aún podía disfrutar. Pero un día, sin previo aviso, ya no podía escribir. Se sentaba horas tras horas frente a la computadora, con la guitarra al lado y no desarrollaba nada. La página acaba en blanco, con cero palabras escritas. Todo tormentoso.

Cansado, se plantó frente al espejo para visualizar su ‘yo’ de ahora. Lo que vio lo impactó. Nunca fue tan blanco como sus padres, pero se encontraba pálido como la nieve. El cabello, liso por naturaleza, había perdido su esencia y ahora se encontraba seco. Bajo los ojos, que habían perdido su brillo, se encontraban unas bolsas negras signos de un insomnio terrible. Los labios resecos, arrugas y una apariencia de que la juventud que lo caracterizaba se había deteriorado. Dio un paso atrás, asustado, ¿qué era lo que estaba viendo? ¿En realidad era él? No lo podía creer. Lo estaba consumiendo.

Corrió hacia su habitación, escuchó la voz de su madre detrás de la puerta preguntando qué sucedía, si necesitaba alguna ayuda, pero él solo la tranquilizó con un ‘no pasa nada’. Se quedó inmóvil en la esquina de la cama, reflexionando sobre su aspecto, complicaciones y desarrollo. Andaba mal y lo sabía. ¿Pero qué sentía realmente? ¿Qué debía hacer? No lo supo, pero si de algo estaba seguro es que debía dormir. Tenía, o más bien la razón lo obligaba, a dormir. Descansar.

Carlos se posicionó sobre la almohada, tendió la sabana, tomó un respiro, y cerró los ojos. Pensó en cosas felices, contó ovejas y dejó que la mente fluyera, sin nada en su mente que lo alterara. Poco a poco. Poco a poco.

Carlos, que por más que lo intentó, no durmió en la noche. Y quizá, no lo volvería hacer en mucho tiempo.



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