Esperanza | Relato

El frío de los pasillos de las clínicas es una de las peores sensaciones del mundo. Atravieso semanal mente el mismo camino, al mismo ritmo, observando al mismo grupo de personas pero aun así pareciera que es imposible acostumbrarse al hedor que emanan las paredes y la bulla que hace mi interior cuando atravieso las zonas de recepción. No tengo nada malo, por ahora, es algo mucho peor. Todo es peor cuando no eres tú sino que tu hijo, de unos cortos 7 años tiene cáncer. A veces, como padre, quisieras arrancarle todo el dolor que atraviesa y colocártelo a ti. Para que él no llore, no sufra, no sienta nada, más que todas las alegrías que debería sentir un chico de su edad. Pero la vida ha decidido que sea él quien atraviese por este doloroso proceso. Injusto. Demasiado injusto.

Una vez leí que más que a las personas, el cáncer destruye por completo a los que se encuentran a su alrededor. Y estoy de acuerdo. Me encuentro roto, pero roto de una manera criminal. En mil pedazos, como si hubiesen lanzado una base de vidrio de un piso 50, estallándose contra el pavimento sin dejar ninguna parte intacta. Así me siento cada vez que tengo que atravesar los pasillos de la clínica y entrar en la habitación de mi pequeño. Verlo en una cama, sin un cabello, sin buenas noticias. Ya ni siquiera recuerdo cuantas sesiones ha tenido que atravesar, cuantas palabras me ha dicho, cuántas preguntas tiene.

Y hablando de cómo destruye a su alrededor, ni siquiera quiero hablar de la relación que tenía con mi esposa. Como una cinta de regalo, se deshizo al tocarla, aunque ella no quiere admitirlo y entiendo que sea tan dolorosa para ella como lo es para mí, todo se derrumbó en el momento en que se dio la noticia. Los primeros días fueron de fortaleza, incluso de amor puro y sincero. Pero estaba destinado a fracasar, porque ambos no teníamos la misma fortaleza, una que debíamos mantener si queríamos atravesar la tormenta.

Las peleas se hicieron pan de cada día, los llantos, la distancia e incluso las decisiones referente a nuestro pequeño. Era un caos del cual no se podía salir, así que mantenernos el margen es lo mejor que pudo pasar para ambos. Es una mierda una completa mierda.

Hoy camino más lento de lo habitual porque nos dan una noticia sobre el desarrollo del tratamiento de mi hijo. Ni siquiera estoy emocionado, eso lo perdí hace mucho tiempo cuando las buenas noticias desaparecieron sin dejar rastro. Así que nos resignamos, y más que esperar, alejamos estos días, porque son horribles, tanto para él, como para nosotros.

Entro en la habitación, con la vista baja y mi esposa ya se encuentra ahí, sosteniéndole la mano. Él se nota tan cansado que mi corazón roto en mil pedazos se vuelve a destrozar, y es cuando entonces me apresuro para darle un poco de fuerzas.

Las lágrimas se me desprenden incluso antes que llegue el doctor, quien no puedo descifrar su rostro. Él abre la tabla con los informes, no nos ve, y por un segundo, un corto seguro noto algo que no había visto jamás y es un rayo de esperanza. Él sonríe, nos ve y dice “El tratamiento está dando buenos efectos”.

Y es justo entonces cuando mi corazón destrozado siente que se puede unir poco a poco.



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