Apuestas | Relato

Todos daban un vistazo pero seguían de largo. Todos sabían quién era pero nada decía nada. Era como atravesar un momento incomodo, sabes que estás en una situación pero no descubres cómo reaccionar. Era un caso de estudio, vociferaban las personas que se dignaban a soltar un comentario al respecto. Se sentía la pena, decepción, e incluso desprecio. No era nada personal, quizá, pero sí había una atmosfera que dejaba a todos con un mal sabor de boca. Durante días él estuvo sobre ese pedazo de tela, en el sucio suelo, de esa asquerosa calle, en medio de la muchedumbre, mendigando dinero y un pedazo de pan.

Antes, veías su rostro en las grandes pantallas de la ciudad. No había ni un lugar que no estuviera ocupado por su presencia, había llegado a los más recónditos sitios de la memoria de las personas. Después de todo, era el empresario más rico de al menos 20 países. Poderoso, ambicioso, orgulloso eran las palabras que usaban las revistas para describir el ser que manejaba la empresa del mañana, o al menos era esa su descripción antes que todo se derrumbara. O más bien, antes que él moviera las piezas para una inminente caída.

Empezó con unas apuestas sencillas. Nada de qué preocuparse. “Dinero llama dinero”, alegaba él. Si jugaba con el suficiente cuidado, la cantidad necesaria y el ritmo perfecto, siempre, léase bien, siempre ganaría. Pero obviamente no fue así. Lo que empezó como un pequeño juego se convirtió en una cotidianidad. Todas las noches su presencia era obvia. Aún si tenía trabajo, reuniones, papeleo, la ambición de generar más dinero lo había colmado. En sus ojos, que antes brillaban ante la grandeza de tener una de las mayores empresas del mundo, ahora mendigaban una victoria en aquél casino que reía a sus espaldas y se embuchaba dinero tras dinero.

Y entonces pasó de ser una cotidianidad a una obsesión. La gota de muchos errores que vendrían luego. Hizo caso omiso a los consejos de sus asesores. Al menos 10% de su patrimonio se había reducido en meses, algo nunca antes vistos para aquellos que manejan finanzas. Pero él lo hacía a una velocidad increíble, y siempre en el mismo juego. Ya no lucía imponente, o guapo, sino que tenía el cabello largo y desarreglado. La barba aliñada, como alambres de una cerca y los labios secos. Sudaba demasiado, mucho más de lo que uno creería en una persona normal. La piel se le abarrotaba de pelotitas producto del estrés.

“Es un caso perdido”, tituló un periódico cuando más del 50% de su patrimonio se había reducido.

La cuestión es que no paró. No se detuvo. No analizó y tomó las mejores decisiones. Sus inversores rápidamente retiraron sus acciones. Sus aliados empresariales rompieron relaciones. Y sus hombres a cargo se fueron yendo uno tras otro. Pero él seguía, no luchando por recuperar la empresa, o sus bienes, que de por sí había empeñado un gran porcentaje, sino apostando una y otra vez.

Hasta que no le quedó nada. Ni empresa, dinero, bienes, ropa, comida. Ahora su conciencia pesa, el cuerpo huele y el estomago ruge. En una calle, abarrotada de muchedumbre, sobre un pedazo de tela que hace de cobija, él mendiga un poco de comida y dignidad.

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